Lo que hay detrás de la puerta



Terry Pratchet, uno de los escritores de ciencia ficción y fantasía más importantes de los últimos tiempos declaró que es la imaginación, y no la inteligencia, lo que nos convierte en seres humanos. En el libro “Sapiens: una breve historia de la humanidad”, el autor Yuval Noah Harari contempla esa misma idea. Él afirma que es precisamente nuestra capacidad de contar historias lo que nos ha permitido a los seres humanos evolucionar por sobre las demás especies.


Un tercer ejemplo, quizá el más conocido de todos, son las palabras de Albert Einstein que hoy cuelgan como adorno motivacional en un sin número de despachos laborales alrededor del mundo: “La imaginación es más importante que el conocimiento. Pues el conocimiento está limitado a lo todo lo que sabemos y entendemos, mientras la imaginación abraza al mundo entero, y todo lo que hay y habrá por saber y entender”.


Yo, en lo personal, opino igual. A mí me queda claro que el ser humano no es inteligente sino más bien creativo. ¿De qué otra manera podríamos justificar tanta tragedia en un planeta tan chico?


La noche del domingo 4 de marzo el mundo entero fue testigo de cómo la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos otorgó su reconocimiento más preciado a quien, en mi opinión, es el mexicano más imaginativo de todos: Guillermo del Toro.



Nuestro país se alzó a la victoria y unidos cantamos “Cielito lindo” al son de los aplausos que las estrellas más grandes de Hollywood arrojaban a nuestro gallo.


Las redes sociales se atiborraron de mensajes patrióticos felicitando a este paisano que logró colocarse en la cima del mundo.


Una de las frases que más me causó placer encontrarme por las redes fue la que, acompañada de una imagen de Del Toro levantando la estatuilla, leía: “Aquí sí ganamos mundiales”, obviamente haciendo referencia a que en el futbol, considerado el deporte nacional, siempre nos va como en feria.


Basándonos en estos hechos tal vez sea buena idea que como país destinemos más recursos a lo que sí nos da resultado y abramos un poco la posibilidad de desarrollo a esa cualidad escondida que nos distingue como mexicanos: la creatividad. Lo digo porque Guillermo inició su carrera en este país y aquí no supimos identificar su genialidad. Porque aunque su primera obra -Cronos- es igual de magnífica que todo lo que ha hecho después, a la hora de los números hubo una gran diferencia. Y eso que Cronos era una película de horror, género mucho más sencillo de vender en las salas nacionales.


A Guillermo no es el único que le ha sucedido esto.


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Hace poco viajé a la CDMX a entrevistarme con una productora que acaba de adquirir los derechos de una de mis obras para llevarla a la pantalla grande. Hablamos del crecimiento de la industria cinematográfica en el país y lo que está funcionando en la taquilla.




Llegamos a la conclusión de que no hay mejor apuesta en México, en estos momentos, que la de una comedia romántica. Yo no me puedo quejar, me apasiona ese género, no por nada mi primera película fue precisamente una comedia romántica.


Pero cruz, cruz a todo lo que huela a efectos visuales y ficción especulativa. Aléjense de hablar de ciencia avanzada y tecnología inexistente. Eso a nadie le interesa, eso aquí no vende.


Aprovechando el viaje tuve la oportunidad de sentarme a discutir nuevos proyectos con mi editorial. En la conversación salió el tema de los géneros literarios que funcionan en este país, y lo mal que le ha ido en ventas a la ciencia ficción y la fantasía. El problema es que sólo sucede con autores nacionales, me comentó mi editora, pues cuando el género viene del extranjero se vende como café de la tienda del loguito verde. Y no es que aquí no exista talento para la ciencia ficción, al contrario, hay de sobra, pero por alguna extraña razón el lector no termina de convencerse que aquí también se cuentan buenas historias.


Hasta ahora, las editoriales continúan apostando a que esto cambie, aunque lo hacen de manera cuidadosa y poquito a poquito. Hoy por hoy, la barrera más difícil de romper a la hora de promocionar la lectura de ciencia ficción nacional es la de despertar la curiosidad en los blogueros y booktubers -influencers conquistadores de las redes- para que se atrevan a explorar nuevos horizontes. Lo digo porque es difícil encontrar contenido original que hable de literatura mexicana, a pesar de que hay muchísimos jóvenes publicando videos en línea todos los días.



En el cine la cosa no es muy distinta: el público no se acerca ni por error a una sala que exhiba una película de ciencia ficción mexicana, pero atiborra cualquier título del mismo género que haya sido traducido del inglés.


Y no me lo tomen a mal, no estoy tratando de sugerir que por el simple hecho de ser producto mexicano tenemos la obligación de consumirlo, para nada. Si en algo siempre me he pronunciado es en ir contra de aquellos que pretenden legislar a favor de imponer lo nacional en las salas de exhibición, eliminando así la libertad del espectador a elegir lo que le da la gana y por lo que está dispuesto a pagar. Pero la respuesta no deja de ser una incógnita: ¿por qué, tratándose de la ciencia ficción, no damos oportunidad a lo hecho en casa y sólo valoramos lo que viene de fuera?


Quizá la objeción principal sería la calidad de manufactura en una cinta mexicana de dicho género. Pero esto sería encasillar a la ciencia ficción a la vasta implementación de efectos visuales para poder contar una historia decentemente, y eso es un error. La ciencia ficción, inteligente y bien escrita, puede realizarse con un presupuesto moderado y sin necesidad de pantallas verdes y naves espaciales a escala.


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Hablando de historia, la ciencia ficción y la fantasía no son nuevas en el cine mexicano. La primera película como tal es El Moderno Barba Azul, de Jaime Salvador, producida en 1946 y protagonizada por el actor estadounidense Buster Keaton. A ésta le siguieron películas como Los Platos Voladores, de Julián Soler, en 1955, y El Hombre que logró ser invisible, de Alfredo B. Crevenna. en 1957. Aunque no muchos las recuerdan creo que sería sensato afirmar que son nuestro Viaje a la Luna o Metrópolis.



Dos décadas después, el género se impulsó como nunca antes con la llegada de la serie de películas de El Santo, que no sólo conquistaron el corazón de los mexicanos sino también el de los extranjeros. Hasta la fecha es un cine muy apreciado en Francia y otros países europeos. Yo, en lo personal, vi todas las películas de El Santo y me causan gratos recuerdos de mi infancia.


Luego, en los años 70, vino “la crisis creativa” (como la llamo yo) y nuestro cine no volvió a figurar hasta en la década de los 90. Muchos adjudican este declive al desvío de fondos por parte de los productores. En aquel entonces los realizadores recibían un crédito por parte del Gobierno federal para aplicar en una producción, pero preferían embolsarse ese dinero y hacer cualquier cosa con las sobras. Fue entonces cuando el cine de ficheras hizo su aparición y terminó por sepultar la industria.


Con la aparición del artículo 226 de la ley del impuesto sobre la renta, ahora artículo 189, las producciones cinematográficas nacionales repuntaron en un mil por ciento.


Cuando yo empecé en el oficio, por allá del año 2000, producir una película y lograr ser exhibido era igual de complicado que ser seleccionado nacional y alinear en un mundial de futbol.


Se exhibían dos, si acaso tres películas mexicanas al año. No había distribuidoras ni exhibidoras interesadas en lo nacional porque no lo consideraban comercial. Y con esto no me refiero únicamente a la ciencia ficción, sino a cualquier cosa producida en el país.


Esto dio pie al mito que pregonaban los intelectuales respecto a la negación de dichos consorcios para exhibir cualquier cosa que fuera mexicana, al grito de malinchismo. Pero esa afirmación no era más que eso, un mito. Es simple, a diferencia de los que opinan que el cine se limita a ser una herramienta de denuncia, el cine es un medio de expresión y entretenimiento pero, más que eso, es un negocio. Y cualquier cosa que no represente una oportunidad de obtener ganancias apesta a muerto. Si no fuera de esa manera, las salas no ofrecerían el refresco gratis en la compra de unas palomitas y un hot-dog.


Pero, para nuestra fortuna, la credibilidad de nuestro cine ha cambiado y ahora logran llegar a la pantalla muchas más producciones nacionales al año. Las distribuidoras ya ven las cintas mexicanas con otros ojos debido a que varias han logrado sobrepasar la marca de los 100 millones de pesos en taquilla, cosa que antes era considerada imposible. ¿Ganarle al Padre Amaro? Eso es un sueño guajiro, decían todos. Pues ya de guajiro no tiene nada.



Mucho de esto, si no es que todo, se lo debemos al EFICINE y su manera de estimular a la iniciativa privada para que apoye las producciones nacionales. Pero hasta en las filas del EFICINE -órgano regulatorio para la asignación de este incentivo fiscal para la creación de proyectos cinematográficos- existen detractores de la ciencia ficción y la fantasía.


No es de extrañarse que en los comités de aprobación, conformados por guionistas, directores y productores nacionales, existan personas que aborrecen ambos géneros y les ponen una que otra traba para no otorgarles la bendición. Al final, los proyectos que logran navegar contra corriente en las aguas infestadas por la burocracia cinematográfica terminan por estrellarse contra el muro más imponente de todos: el del espectador.


Cualquiera que conozca un poquito de esta industria podría argumentar que los miembros que conforman dichos comités hacen lo correcto al intentar boicotear ambos géneros pues, en teoría, el incentivo debe otorgarse a las películas con más posibilidad de recuperación en taquilla.


En el caso de la ciencia ficción y la fantasía los números son muy claros. En los últimos años las producciones nacionales han logrado una recaudación muy por debajo de lo esperado. Títulos como: 2033, La Última Muerte, Ángel Caído, Depositarios y Seres: Génesis fueron apuestas atrevidas, sin duda, y todas alcanzaron un nivel de calidad técnica que no le pedía nada a una producción extranjera. El problema es que entraron en la corrida destinadas al fracaso y fueron retiradas de las salas antes de tiempo por falta de público.


Ahora, de ninguna manera podemos culpar a los exhibidores por tomar una decisión así pues, como lo mencioné anteriormente, esto es un negocio. Si la película que ocupa la sala no te saca la inversión, pues se va de regreso a la lata y que venga la que sigue.


Tampoco creo que podemos culpar al espectador, a ése que sí le dio la oportunidad a la obra, pero que salió desencantado y no la recomendó. Y es que para nadie es secreto que la ciencia ficción, inclusive más que cualquier otro género, requiere de mucha práctica para ser dominado y, en el caso de nuestros realizadores -aquí me incluyo- estamos muy lejos de cumplir las 10 mil horas necesarias para convertirnos en verdaderos expertos.


Hoy por hoy no se hace cine de ciencia ficción en México. O si se hace, no llega a las salas y se va directo a digital o DVD.


Dato curioso, me ha tocado tener la oportunidad de platicar con gente a la que le gustó mucho mi primera película -Inspiración- y se cuestionan por qué me desvié hacia la ciencia ficción y no seguí con otra comedia romántica.


Yo siempre respondo que le tengo mucho amor a ambos géneros y que, hablando de mis preferencias, ninguno de los dos sobrepasa al otro. Pero mi infancia giró alrededor de programas como Thundercats, Mazinger Z, Los Superamigos y He-Man, todos íconos de la ciencia ficción. La viví feliz, llena de magia, y en estos tiempos daría lo que fuera por volver a vivirla. Para mí es imposible dejar a un lado mi esencia.



Volviendo al tema, del otro lado del río la historia es distinta. La ciencia ficción y la fantasía han dominado la taquilla de manera histórica. Dentro de la lista de las 10 películas más taquilleras de todos los tiempos a nivel mundial, siete pertenecen a este género. En la televisión no existe diferencia: series como Stranger Things o Black Mirror, ambas de Netflix, atraparon al espectador y lo pegaron al sillón con kola loca. Programas como Doctor Who, Battlestar Galactica, Star Trek y X Files también se han mantenido por largos periodos en programación debido a los grandes grupos de fanáticos que se desviven por ellas. Ni qué decir de Star Wars, la franquicia más exitosa de todos los tiempos, recientemente adquirida por Disney en 4 billones de dólares. El mundo entero conoce a sus héroes y villanos.


Uno tendría que asistir a la Comic-Con, en San Diego, para darse cuenta de la magnitud de esta industria en el país vecino. Lo que sucede en la Comic-Con es una verdadera celebración mundial de todo lo relacionado a la ciencia ficción y la fantasía que deriva de la producción literaria, el cine y la televisión.


Todos los años, en dicho evento, se presentan nuevos proyectos que alcanzarán los estantes o las pantallas en los próximos meses -o en ocasiones hasta años- y el público las recibe como el santo grial. En los salones del centro de convenciones de la ciudad californiana se escuchan los gritos y cánticos cada vez que se proyecta algún avance de cualquier proyecto esperado. Yo, en lo particular, se me acaban las uñas en la espera de películas como Ready Player One, dirigida por Steven Spielberg y basada en la novela literaria de Ernie Cline, que tan pronto terminé de leer se convirtió en una de mis favoritas.


Pero, entonces, ¿por qué lo que viene de allá funciona de maravilla y a lo hecho aquí le hacemos el feo?


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Una teoría podría ser las diferencias culturales, al menos eso he escuchado decir a dos que tres profesionales. Pero para mí eso no hace sentido porque, al final de cuentas, el público mexicano sí consume ciencia ficción, sólo que no cuando trae el sello del águila nacional.



Aquí todos sabemos que E.T. se les olvidó a sus papás aquí en la tierra, y sabemos perfectamente quién es Marty McFly y por qué tuvo qué volver al futuro. De chicos usamos pijamas de nuestros personajes favoritos, los cuales, seguramente, provenían de alguna película o programa de ciencia ficción, y recibíamos de los Santos Reyes alguna colección de figuras de acción que hacían juego con el mismo overol.


¿Por qué nuestros creativos no pueden construir historias con personajes tan entrañables como ésos? Quizá porque aquí nos hace falta industria. Tratándose del cine aquí no hay profesionales que se dediquen, de manera exclusiva, a un oficio en particular. Me refiero a que no hay guionistas que sólo se dediquen a escribir, o directores que sólo se dediquen a dirigir. En México todos queremos hacer de todo, y para levantar un proyecto primero hay que ser guionista, después ponerse la gorra de director y luego la de productor. Y por estar distraídos con tanta cosa no nos enfocamos en una disciplina a la que podamos dedicarle horas y horas al día, todos los días.


Otra razón importante podría ser que nuestros creativos, esos mismos que no debieron nunca dejar de ser niños, se vieron forzados a crecer, atiborrados por la necesidad de denunciar las injusticias de nuestro gobierno. Aquí volvemos al cine de denuncia que tantos premios nos ha dado en festivales de arte.


No es secreto para nadie que a nosotros los “artistas” nos da por levantar la voz cuando percibimos que algo tiene qué cambiar.


Una tercera razón, en mi opinión quizá la más influyente, es que la gran mayoría de nuestros realizadores cree que aquí no se puede vivir de hacer literatura o cine. Mucho menos cobrar un buen sueldo por escribir fantasía o ciencia ficción. Hoy por hoy quizá tengan razón.


Aquí un guión paga 10 veces menos que uno vendido en Estados Unidos, y nuestros productores jamás ven un centavo de ganancias después de la repartición de los ingresos. Pero eso no quiere decir que la cosa no vaya cambiando, aunque sea de a poquito.


México sigue siendo un país en desarrollo y aún no ha elegido un rumbo fijo. Pero sucederá, más pronto que tarde, estoy seguro, y entonces comenzaremos por adaptarnos a como debe ser la cosa-zapatero a tu zapatos, guionista a tu guión y director a la dirección- y nuestra industria irá creciendo hasta algún día llegar a compararse con la del país vecino. Porque, por si no lo saben, durante nuestra época de oro nuestro cine era considerado, a nivel mundial, más importante que el producido en Hollywood.


Y hablando de ciencia ficción, no todo está perdido. Mucho menos ahora que nuestro más grande representante se acaba de coronar rey del mundo. Que Guillermo del Toro haya ganado el Oscar como mejor director por Shape of Water, y que además se haya llevado la estatuilla por mejor película es una bocanada de oxígeno puro para todos los que perseguimos este género.


Shape of Water será un detonante motivador para todo aquel que sueña con trascender contando historias que involucran la imaginación, los sueños, y un poco de locura.


Bien lo dijo el genio en su discurso, mientras sujetaba el galardón más codiciado en el universo del cine: “Crecí en México siendo fan de películas extranjeras como E.T y de directores como William Wyler, o Douglas Sirk, o Frank Capra.


“Yo era un niño enamorado de las películas, y al crecer en México pensé que esto nunca podría suceder. Sucede. Y quiero decirles que todos los que sueñan con usar el género o la fantasía para contar historias sobre las cosas que son reales en el mundo de hoy, pueden hacerlo. Ésta es una puerta, dale una patada y entra”.


—AMH


Nota: Este artículo fue publicado en el periódico EL NORTE el 10 de Marzo del 2018.

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